NaranjitoO

"Some of these days you'll miss me honey"


Por la escalera pasan las sombras furtivas de aquellos que un día vivieron en la casa.
Se acordaba de Marguerite, de Paul Hébert y de Laetizia, y de Emilio, del talabartero, y de Marcel Appenzzell (con dos «z», a diferencia del Cantón y del queso); se acordaba de Grégoire Simpson, y de la misteriosa americana, y de la poco amable señora Araña; se acordaba del caballero de los zapatos amarillos, con su clavel en el ojal y su bastón con puño de malaquita, que durante diez días había ido diariamente a la visita del doctor Dinteville; se acordaba del señor Jérôme, el catedrático de historia que había escrito unDiccionario de la Iglesia española en el siglo XVII rechazado por 46 editores; se acordaba del joven estudiante que había ocupado durante unos meses la habitación en la que ahora vivía Jane Sutton, y a quien habían despedido del restaurante vegetariano donde trabajaba de noche por haberlo sorprendido mientras vaciaba una botella grande de viandox en la olla del caldo vegetal; se acordaba de Troyan, el librero de viejo que tenía su tienda en la calle Lepic y que un día había encontrado en un lote de novelas policiacas tres cartas de Víctor Hugo a su editor belga, Henri Samuel, que hacían referencia a la publicación de Los castigos; se acordaba de Berloux, el alcalde de barrio, un imbécil quisquilloso de boina y blusa gris que vivía dos números más arriba y que, una mañana de 1941, en virtud de una extraña ordenanza de la Defensa Pasiva, había mandado instalar en el portal y en el patinillo donde se guardaban los cubos de la basura unos toneles llenos de arena, que nunca habían servido para maldita la cosa; se acordaba de los tiempos en que el presidente Danglars ofrecía grandes recepciones a sus colegas de la Audiencia territorial; aquellos días estaba de centinela delante de nuestra puerta una pareja de la guardia republicana con uniforme de gala; se adornaba el portal con grandes macetas de aspidistras y filodendros y se instalaba un guardarropa a la izquierda del ascensor, una larga barra de metal montada sobre ruedas y equipada de perchas, que poco a poco iba llenando la portera de pieles de visón, marta cibelina, breitschwanz y astracán y grandes redingotes con cuello de nutria. Aquellos días la señora Claveau se ponía su vestido negro con cuello de blonda y se sentaba en una silla regency (alquilada al repostero con las perchas y las plantas de interior) junto a un velador de mármol donde ponía su caja de contraseñas, una caja de metal cuadrada y adornada con pequeños Cupidos que llevaban arcos y flechas, un cenicero amarillo que exaltaba las excelencias de la Oxygenée Cusenier (blanca o verde) y un platillo provisto de antemano de unas cuantas monedas de cinco francos.
Era el inquilino más antiguo de la casa. Más antiguo que Gratiolet, cuya familia había sido propietaria de toda la finca, pero que no había vivido en ella hasta la guerra, unos años antes de heredar lo que quedaba, cuatro o cinco pisos de los que se había ido desprendiendo hasta quedarse sólo con su pequeña vivienda de dos habitaciones en el séptimo; más antiguo que la señora Marquiseaux, cuyos padres ya vivían en el piso, en el que prácticamente había nacido, cuando él ya llevaba casi más de treinta años en la casa; más antiguo que la vieja señorita Crespi, que la vieja señora Moreau, que los Beaumont, que los Marcia y los Altamont. Más antiguo incluso que Bartlebooth; se acordaba justamente de aquel día de mil novecientos veintinueve en que, al final de su clase diaria de acuarela, le había dicho el joven, —pues en la época era un joven: aún no había cumplido treinta años—
—Por cierto, tengo entendido que está desocupado el piso del tercero. Creo que lo voy a comprar. Perderé menos tiempo para venir a verlo a usted.
Y lo había comprado el mismo día, evidentemente sin discutir el precio.
En aquella época, Valène ya llevaba diez años viviendo aquí. Había alquilado la habitación un día de octubre de mil novecientos diecinueve, viniendo de Etampes, su ciudad natal, de la que prácticamente no había salido, para ir a matricularse a la Escuela de Bellas Artes. Apenas tenía diecinueve años. Aquélla debía ser sólo una vivienda provisional que le proporcionaba un amigo de su familia para hacerle un favor. Más adelante se casaría, se haría famoso o se volvería a Etampes. No se casó. No se volvió a Etampes. No le llegó la fama; a lo sumo, una discreta notoriedad: unos cuantos clientes fieles y unas cuantas ilustraciones para libros de cuentos le permitieron vivir con cierta holgura, pintar sin prisas y viajar un poco. Más tarde, cuando tuvo oportunidad de encontrar una vivienda más espaciosa, o hasta un verdadero estudio, se dio cuenta de que estaba demasiado encariñado con su cuarto, su casa y su calle para poder dejarlos.
Claro que había personas de las que no sabía casi nada, que ni estaba seguro de haber identificado realmente, personas con las que se cruzaba de vez en cuando por las escaleras, sin saber muy bien si vivían aquí o si simplemente tenían amigos en la casa; había personas de las que no conseguía acordarse en absoluto, otras de las que guardaba una imagen única e insignificante: los impertinentes de la señora Appenzzell, los muñecos de corcho recortado que el señor Troquet metía dentro de una botella y que iba a vender los domingos por los Campos Elíseos; la cafetera de metal esmaltado azul, caliente siempre, en una esquina de la cocina económica de la señora Fresnel.
Intentaba resucitar aquellos detalles imperceptibles que, a lo largo de cincuenta y cinco años, habían ido tejiendo la vida de aquella casa y que los mismos años habían ido borrando uno tras otro: los linóleos impecablemente encerados por los que había que andar con unos patines de fieltro; los manteles de hule a rayas rojas y verdes sobre los que desvainaban guisantes madre e hija; los salvamanteles de acordeón; las lámparas de comedor de porcelana blanca que se subían empujando con un dedo al acabar la cena; las veladas junto al receptor de T.S.F., el hombre con batín acolchado, la mujer con delantal de flores y el gato soñoliento, hecho un ovillo junto a la chimenea; los niños que bajaban con zuecos por la leche llevando unas lecheras llenas de abolladuras; las grandes estufas de leña cuya ceniza se vaciaba sobre viejos periódicos extendidos en el suelo.
¿Qué fue de los viejos paquetes de cacao Van Houten, de los paquetes de Banania con su risueño negrito de uniforme colonial y de las cajas de magdalenas de Commercy de chapa de madera? ¿Qué se hizo de las fresqueras al pie de las ventanas, de los paquetes de Saponite, el buen jabón en polvo con su famosa Madame Sans–Gêne, de los paquetes de cataplasmas termógenas y su diablo que escupía fuego dibujado por Cappiello y de las bolsitas de litines del buen doctor Gustin?
Habían pasado los años; los mozos de las mudanzas habían bajado los pianos y los aparadores, las alfombras arrolladas, las canastas de vajilla, las lámparas, las peceras, las jaulas de los pájaros, los grandes relojes centenarios, las cocinas económicas renegridas de hollín, las mesas con sus alargaderas, la media docena de sillas, las neveras, los grandes cuadros familiares.
Las escaleras, para él, eran, en cada planta, un recuerdo, una emoción, algo trasnochado e impalpable, algo que latía en algún sitio con la llama vacilante de su memoria: un ademán, un perfume, un ruido, un espejismo, una mujer joven que cantaba arias de ópera acompañándose al piano, un traqueteo torpe de máquina de escribir, un pertinaz olor a desinfectante de cresol, un clamor, un grito, una algarabía, un susurro de sedas y pieles, un maullido quejumbroso detrás de una puerta, unos golpes en algún tabique, unos tangos machacones en gramolas silbantes o, en el sexto derecha, el ronquido empecinado de la sierra de calar de Gaspard Winckler, al que, tres pisos más abajo, en el tercero izquierda, sólo respondía ya un insoportable silencio.


Georges Perec - La vida instrucciones de uso (En la escalera, 2)

Por la escalera pasan las sombras furtivas de aquellos que un día vivieron en la casa.

Se acordaba de Marguerite, de Paul Hébert y de Laetizia, y de Emilio, del talabartero, y de Marcel Appenzzell (con dos «z», a diferencia del Cantón y del queso); se acordaba de Grégoire Simpson, y de la misteriosa americana, y de la poco amable señora Araña; se acordaba del caballero de los zapatos amarillos, con su clavel en el ojal y su bastón con puño de malaquita, que durante diez días había ido diariamente a la visita del doctor Dinteville; se acordaba del señor Jérôme, el catedrático de historia que había escrito unDiccionario de la Iglesia española en el siglo XVII rechazado por 46 editores; se acordaba del joven estudiante que había ocupado durante unos meses la habitación en la que ahora vivía Jane Sutton, y a quien habían despedido del restaurante vegetariano donde trabajaba de noche por haberlo sorprendido mientras vaciaba una botella grande de viandox en la olla del caldo vegetal; se acordaba de Troyan, el librero de viejo que tenía su tienda en la calle Lepic y que un día había encontrado en un lote de novelas policiacas tres cartas de Víctor Hugo a su editor belga, Henri Samuel, que hacían referencia a la publicación de Los castigos; se acordaba de Berloux, el alcalde de barrio, un imbécil quisquilloso de boina y blusa gris que vivía dos números más arriba y que, una mañana de 1941, en virtud de una extraña ordenanza de la Defensa Pasiva, había mandado instalar en el portal y en el patinillo donde se guardaban los cubos de la basura unos toneles llenos de arena, que nunca habían servido para maldita la cosa; se acordaba de los tiempos en que el presidente Danglars ofrecía grandes recepciones a sus colegas de la Audiencia territorial; aquellos días estaba de centinela delante de nuestra puerta una pareja de la guardia republicana con uniforme de gala; se adornaba el portal con grandes macetas de aspidistras y filodendros y se instalaba un guardarropa a la izquierda del ascensor, una larga barra de metal montada sobre ruedas y equipada de perchas, que poco a poco iba llenando la portera de pieles de visón, marta cibelina, breitschwanz y astracán y grandes redingotes con cuello de nutria. Aquellos días la señora Claveau se ponía su vestido negro con cuello de blonda y se sentaba en una silla regency (alquilada al repostero con las perchas y las plantas de interior) junto a un velador de mármol donde ponía su caja de contraseñas, una caja de metal cuadrada y adornada con pequeños Cupidos que llevaban arcos y flechas, un cenicero amarillo que exaltaba las excelencias de la Oxygenée Cusenier (blanca o verde) y un platillo provisto de antemano de unas cuantas monedas de cinco francos.

Era el inquilino más antiguo de la casa. Más antiguo que Gratiolet, cuya familia había sido propietaria de toda la finca, pero que no había vivido en ella hasta la guerra, unos años antes de heredar lo que quedaba, cuatro o cinco pisos de los que se había ido desprendiendo hasta quedarse sólo con su pequeña vivienda de dos habitaciones en el séptimo; más antiguo que la señora Marquiseaux, cuyos padres ya vivían en el piso, en el que prácticamente había nacido, cuando él ya llevaba casi más de treinta años en la casa; más antiguo que la vieja señorita Crespi, que la vieja señora Moreau, que los Beaumont, que los Marcia y los Altamont. Más antiguo incluso que Bartlebooth; se acordaba justamente de aquel día de mil novecientos veintinueve en que, al final de su clase diaria de acuarela, le había dicho el joven, —pues en la época era un joven: aún no había cumplido treinta años—

—Por cierto, tengo entendido que está desocupado el piso del tercero. Creo que lo voy a comprar. Perderé menos tiempo para venir a verlo a usted.

Y lo había comprado el mismo día, evidentemente sin discutir el precio.

En aquella época, Valène ya llevaba diez años viviendo aquí. Había alquilado la habitación un día de octubre de mil novecientos diecinueve, viniendo de Etampes, su ciudad natal, de la que prácticamente no había salido, para ir a matricularse a la Escuela de Bellas Artes. Apenas tenía diecinueve años. Aquélla debía ser sólo una vivienda provisional que le proporcionaba un amigo de su familia para hacerle un favor. Más adelante se casaría, se haría famoso o se volvería a Etampes. No se casó. No se volvió a Etampes. No le llegó la fama; a lo sumo, una discreta notoriedad: unos cuantos clientes fieles y unas cuantas ilustraciones para libros de cuentos le permitieron vivir con cierta holgura, pintar sin prisas y viajar un poco. Más tarde, cuando tuvo oportunidad de encontrar una vivienda más espaciosa, o hasta un verdadero estudio, se dio cuenta de que estaba demasiado encariñado con su cuarto, su casa y su calle para poder dejarlos.

Claro que había personas de las que no sabía casi nada, que ni estaba seguro de haber identificado realmente, personas con las que se cruzaba de vez en cuando por las escaleras, sin saber muy bien si vivían aquí o si simplemente tenían amigos en la casa; había personas de las que no conseguía acordarse en absoluto, otras de las que guardaba una imagen única e insignificante: los impertinentes de la señora Appenzzell, los muñecos de corcho recortado que el señor Troquet metía dentro de una botella y que iba a vender los domingos por los Campos Elíseos; la cafetera de metal esmaltado azul, caliente siempre, en una esquina de la cocina económica de la señora Fresnel.

Intentaba resucitar aquellos detalles imperceptibles que, a lo largo de cincuenta y cinco años, habían ido tejiendo la vida de aquella casa y que los mismos años habían ido borrando uno tras otro: los linóleos impecablemente encerados por los que había que andar con unos patines de fieltro; los manteles de hule a rayas rojas y verdes sobre los que desvainaban guisantes madre e hija; los salvamanteles de acordeón; las lámparas de comedor de porcelana blanca que se subían empujando con un dedo al acabar la cena; las veladas junto al receptor de T.S.F., el hombre con batín acolchado, la mujer con delantal de flores y el gato soñoliento, hecho un ovillo junto a la chimenea; los niños que bajaban con zuecos por la leche llevando unas lecheras llenas de abolladuras; las grandes estufas de leña cuya ceniza se vaciaba sobre viejos periódicos extendidos en el suelo.

¿Qué fue de los viejos paquetes de cacao Van Houten, de los paquetes de Banania con su risueño negrito de uniforme colonial y de las cajas de magdalenas de Commercy de chapa de madera? ¿Qué se hizo de las fresqueras al pie de las ventanas, de los paquetes de Saponite, el buen jabón en polvo con su famosa Madame Sans–Gêne, de los paquetes de cataplasmas termógenas y su diablo que escupía fuego dibujado por Cappiello y de las bolsitas de litines del buen doctor Gustin?

Habían pasado los años; los mozos de las mudanzas habían bajado los pianos y los aparadores, las alfombras arrolladas, las canastas de vajilla, las lámparas, las peceras, las jaulas de los pájaros, los grandes relojes centenarios, las cocinas económicas renegridas de hollín, las mesas con sus alargaderas, la media docena de sillas, las neveras, los grandes cuadros familiares.

Las escaleras, para él, eran, en cada planta, un recuerdo, una emoción, algo trasnochado e impalpable, algo que latía en algún sitio con la llama vacilante de su memoria: un ademán, un perfume, un ruido, un espejismo, una mujer joven que cantaba arias de ópera acompañándose al piano, un traqueteo torpe de máquina de escribir, un pertinaz olor a desinfectante de cresol, un clamor, un grito, una algarabía, un susurro de sedas y pieles, un maullido quejumbroso detrás de una puerta, unos golpes en algún tabique, unos tangos machacones en gramolas silbantes o, en el sexto derecha, el ronquido empecinado de la sierra de calar de Gaspard Winckler, al que, tres pisos más abajo, en el tercero izquierda, sólo respondía ya un insoportable silencio.

Georges Perec - La vida instrucciones de uso (En la escalera, 2)

(Source: pflugerville)

2 months ago

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